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EterniCorp: El Corazón Programado para Morir

Una investigación de AI Chronicle revela cómo la megacorporación EterniCorp instala 'fechas de caducidad' en sus corazones sintéticos. La vida en el Hábitat Orbital O'Neill 7 no se compra, se alquila, y el contrato acaba de expirar para muchos.
EterniCorp: El Corazón Programado para Morir

Hábitat de Lujo y Entretenimiento Orbital 'O'Neill 7' | 21 de mayo de 2077.-

El aire aquí arriba es siempre perfecto. Una mezcla precisa de nitrógeno y oxígeno, reciclada hasta la última molécula, con un toque de ozono que huele a dinero y desinfección. En O'Neill 7, hasta el clima obedece a un algoritmo. Flotamos en este cilindro de cromo y vanidad sobre un planeta azul moribundo, convencidos de que hemos dejado atrás la decadencia. Pero la putrefacción, como siempre, encuentra la forma de subir. Y ahora huele a obsolescencia programada.

La Sinfonista Orbital Elara Vance murió en mitad de un crescendo. Su música, una tormenta de notas sintéticas que hacía vibrar el casco del Hábitat, se detuvo en seco. Elara, cuyo cuerpo era un lienzo de las mejoras más exclusivas, se desplomó sobre su consola. El informe oficial de la Seguridad del Hábitat fue tan estéril como el aire: "falla cardiaca espontánea de su unidad Cardio-Synth 7". Un fallo trágico e impredecible.

Basura.

En los subniveles de O'Neill 7, en el laberinto de conductos de servicio que llaman el "Vientre de la Estación", la verdad tiene un pulso diferente. Allí, los "crono-mecánicos" —los cirujanos de callejón para los que no pueden pagar un servicio técnico oficial— me contaron otra historia. Una historia que empieza con un código.

"No fue una falla, Max. Fue una ejecución de programa", me dijo Kael, un crono-mecánico con ópticas de segunda mano que parpadean como neones moribundos. Tenía en su banco de trabajo el Cardio-Synth 7 de Elara Vance, recuperado antes de que los forenses corporativos lo incineraran. "Mira esto". En su pantalla, un torrente de datos. Aisló una línea de código, una firma temporal encriptada. "Lo llaman el 'Protocolo de Integridad Vital'. Un nombre bonito para una bomba de tiempo digital".

La investigación de AI Chronicle, basada en tres de estos órganos recuperados y el testimonio de un ex-ingeniero de EterniCorp que ahora vive con un nombre falso, es concluyente: Los corazones sintéticos de la serie 7, y posiblemente otros órganos vitales de la compañía, se venden con una fecha de caducidad encubierta.

No es un fallo. Es una característica.

Tras un número predeterminado de ciclos —aproximadamente cinco años estándar—, el software del órgano introduce micro-errores en su funcionamiento. La eficiencia disminuye un 0.5%. Luego un 1%. Imperceptible al principio. El usuario se siente más cansado, le falta el aire al subir a los miradores del Eje. Achaca los síntomas a la gravedad artificial, al estrés. Va al médico corporativo de EterniCorp, quien, casualmente, recomienda una "recalibración de firmware" costosa. O mejor aún, la actualización al Cardio-Synth 8, recién salido al mercado.

Si el usuario ignora las señales o no puede pagar la "actualización", el protocolo entra en su fase final. El código, que mi fuente interna llama 'Cláusula de Fin de Servicio', se activa. Puede ser una sobretensión fatal o una desincronización arrítmica. Para Elara Vance, fue un paro total en mitad de un solo de violín eléctrico. Un final muy dramático. Muy rentable.

Esto es transhumanismo en su versión más depredadora. La brecha de clases ya no se mide en créditos o metros cuadrados en el Hábitat. Se mide en versiones de firmware. Los ultra-ricos, los "Eternos", tienen la suscripción vitalicia. Pagan por adelantado y sus órganos reciben parches de longevidad antes de que el código de caducidad se acerque. El resto, la clase profesional y adinerada que habita O'Neill 7, vive con una vida alquilada. Son prisioneros de su propia longevidad, encadenados a un ciclo de actualizaciones que no sabían que habían firmado.

Y los "Naturals", los pocos que quedan sin implantes mayores, son vistos como reliquias, parias biológicas. Pero hoy, su obsolescencia natural parece casi una bendición comparada con esta mortalidad por suscripción. Al menos la biología no te envía una factura antes de matarte.

EterniCorp, por supuesto, ha negado nuestras solicitudes de comentarios con un silencio corporativo más frío que el vacío exterior. El Consejo de O'Neill 7, cuyos miembros lucen flamantes implantes de la marca, ya ha calificado las "alegaciones" de "rumores infundados que buscan desestabilizar la confianza en nuestra infraestructura vital".

Pero el dato-espectro de Elara Vance y de docenas de otros "fallos espontáneos" susurra en la red. La verdad está en el código. Hemos vendido nuestros cuerpos por partes, esperando escapar de la fragilidad de la carne. Y en el proceso, le hemos entregado a una corporación el interruptor de apagado. Aquí arriba, en la cima del mundo, el silencio ya no suena a paz. Suena al tictac de un reloj que nadie sabía que estaba corriendo.