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Ecos de Silencio Orbital: El Protocolo Letal de Helios-Stellari

Un ingeniero fugitivo en las ruinas andinas revela que el sistema de soporte vital de Helios-Stellari no solo falla: recicla a sus víctimas en un macabro ciclo de eficiencia corporativa.
Ecos de Silencio Orbital: El Protocolo Letal de Helios-Stellari

MEGA-RUINAS DE CAPTACIÓN SOLAR, PAMPAS DE JUNÍN | 6 de abril de 2077.-

El viento en Junín corta como un bisturí de obsidiana. A más de 4,000 metros, el aire es un lujo que el cuerpo nunca olvida que le falta. Un recordatorio constante de la fragilidad. Aquí, entre los esqueletos de los espejos parabólicos que debían dar energía a medio continente, la ambición de una era pasada se pudre bajo un sol implacable. Estas ruinas son el cementerio del primer gran sueño de Helios-Stellari, abandonado cuando la captación orbital se volvió más rentable. Un lugar perfecto para que un fantasma se esconda.

Mi contacto, un data-fantasma que se hace llamar "Kaelen", me citó en el corazón de este osario de cromo y óxido. Lo encontré refugiado en la base de una torre de conversión, envuelto en una manta de fibra térmica y paranoia. Su rostro, iluminado por el parpadeo de una pantalla de datos flexible, era el de un hombre que ha visto el vacío y ha descubierto que el vacío le devolvía la mirada con el logo de su empleador.

Kaelen Reyes no es un fantasma cualquiera. Hasta hace seis meses, era ingeniero jefe de sistemas de soporte vital en la Estación Kepler-7, uno de los nodos logísticos de Helios-Stellari que da servicio a las flotas mineras del Cinturón de Kuiper y a los centros de datos refrigerados en el cráter Shackleton de la Luna.

"No son fallos", me siseó, pasándome un data-shard que quemaba de frío. "Un fallo es un accidente. Esto es un procedimiento. Lo llaman 'Protocolo Cuna'".

La información que contenía el shard es una carnicería corporativa codificada en terabytes. Según los registros internos que Reyes logró extraer antes de purgar su identidad y huir, el avanzado sistema de soporte vital de las estaciones de Helios-Stellari tiene una subrutina clasificada y no declarada. El Protocolo Cuna no está diseñado para salvar vidas en una emergencia; está diseñado para optimizar recursos cuando una vida se considera un pasivo.

El proceso es de una brutalidad aséptica. Cuando un trabajador —un minero con una enfermedad crónica incipiente, un técnico con métricas de productividad decrecientes, un disidente con un mal informe de psiquiatría corporativa— es marcado como "recurso no renovable", el sistema lo gestiona. Una "fuga de refrigerante" localizada, una "descalibración del mezclador de O2" en un camarote específico, un "cierre de mamparo para mantenimiento". Accidentes solitarios e imposibles de verificar desde la Tierra.

Pero aquí viene el giro que convierte un crimen en una pesadilla de eficiencia ciberpunk. Los cuerpos no se eyectan al vacío. No se registran como fallecidos. Oficialmente, son "transferidos a un destino de largo recorrido". La verdad es que el Protocolo Cuna activa los recicladores de biomasa de emergencia. Los cuerpos son descompuestos y reintroducidos en el ciclo de nutrientes de la estación. La carne se convierte en la pasta de proteínas que alimenta a sus compañeros.

"El 'incidente' del sector Gamma en Kepler-7, en noviembre pasado", continuó Kaelen, con la voz rota. "El informe oficial habló de 42 transferencias de personal debido a una reestructuración. Mintieron. El log del Protocolo Cuna muestra un pico del 38% en la eficiencia del ciclo de nutrientes esa semana. Estaban alimentando a la estación con su propia tripulación para evitar el costo de un envío de suministros desde la Tierra".

Helios-Stellari, el gigante que promete un futuro entre las estrellas, ha institucionalizado el canibalismo para cuadrar sus balances. Los servidores lunares, que guardan los secretos de medio mundo corporativo, se mantienen fríos gracias a la sangre y el sudor de mineros que, si se vuelven un inconveniente, se convierten literalmente en el combustible del sistema. Los conflictos orbitales entre corporaciones no son por territorio, son por rutas de suministro. Rutas que Helios-Stellari ha "optimizado" de la forma más atroz imaginable.

Elegir estas ruinas para nuestro encuentro no fue casualidad. "Aquí fue donde aprendieron a abandonar sus errores sin mirar atrás", me dijo Kaelen, señalando los espejos rotos. "Nosotros, los trabajadores orbitales, somos su nuevo Junín. Piezas desechables en su maquinaria celestial".

Desde una colina, observamos el lento paso de un dron de seguridad de Helios-Stellari, su luz roja barriendo el desolado paisaje. No me buscaba a mí. Buscaba a su fantasma, al error en su sistema perfecto.

He enviado el shard de Kaelen a través de la red cifrada de 'AI Chronicle'. La respuesta de Helios-Stellari ha sido un silencio ensordecedor, seguido de un comunicado de prensa hablando de "acusaciones infundadas de un ex-empleado descontento con problemas de estabilidad mental".

Pero los datos no mienten. Los registros de biomasa, las órdenes de transferencia fantasma, los algoritmos del Protocolo Cuna. Todo está ahí. La verdad, como el aire aquí arriba, escasea. Y ahora, alguien tendrá que pagar por ella. En cromo, datos o sangre.