Carne Pura, Jaula Dorada: La Tiranía de la Autenticidad en el Cráter Tycho
Complejo Turístico y Casino Lunar 'Cráter Tycho' | 22 de abril de 2077.-
El aire aquí dentro huele a ozono, a ginebra cara y a la sutil desesperación de los que apuestan más de lo que tienen. Flota en la atmósfera controlada del Domo Principal del Cráter Tycho, una cúpula de placer y vicio plantada en el polvo lunar como una joya obscena. Desde los ventanales de plexiacero, la Tierra cuelga como un mármol azul y blanco, un recordatorio nostálgico de un mundo que ya no existe para la mayoría.
Aquí arriba, a 384.400 kilómetros del fango y la lluvia ácida, la élite no viene a buscar el futuro. Viene a comprar el pasado.
Y el producto estrella es Lena.
La observo desde la barra del 'Stardust Lounge', bebiendo un whisky sintético que quema lo justo. Lena es crupier en la mesa de Baccarat de más alto riesgo. Su piel no tiene el brillo ceroso de los polímeros dérmicos. Sus ojos, de un verde avellana, carecen del destello revelador de las lentes ópticas de alta definición. Sus manos, que reparten las cartas con una gracia hipnótica, no tienen la precisión inhumana de los servomotores subdérmicos.
Lena es una 'Pura'. Una 'Natural'. Una reliquia. Y aquí, en el Tycho, eso la convierte en realeza. Y en una esclava.
"Es la Experiencia Humana Auténtica™", me escupió anoche un holograma de marketing de 'Celestial Holdings', la corporación que regenta este paraíso artificial. "Nuestros clientes pagan por la interacción genuina, por el error humano potencial, por la calidez de la carne sin modificar".
'Calidez de la carne'. Suena a menú de carnicero.
La realidad, como siempre, es más sucia. La discriminación ha encontrado un nuevo y perverso vector. Ya no se trata solo de que los 'aumentados' —aquellos con implantes cibernéticos para mejorar su rendimiento— acaparen los trabajos manuales o técnicos. Eso es viejo en la Tierra. Aquí, en la gravedad 0.16g de la Luna, se ha invertido la polaridad del prejuicio.
Para los puestos de cara al público, los que implican contacto directo con una clientela billonaria que puede comprar planetas menores pero anhela una sonrisa 'real', Celestial Holdings impone una política de 'Pureza Biológica'. No cromo, no wetware, no modificaciones genéticas de segunda generación. Para ser camarero, anfitrión o crupier en las salas VIP, debes ser tan orgánico como te parió tu madre.
"Es un puto chiste", me dice Joric, con la voz distorsionada por su vocodificador de baja frecuencia. Nos encontramos en el Nivel de Mantenimiento 3, un laberinto de tuberías y cables donde el olor a ozono es reemplazado por el de lubricante y sudor. El brazo izquierdo de Joric es una obra maestra de la ingeniería de Mikoshi-Toga, fibra de carbono y cromo reluciente, capaz de levantar una viga de servicio sin esfuerzo. Le costó el equivalente a un apartamento en la Zona Cero de Neo-Kyoto.
"Invertí todo lo que tenía en mis mods", continúa, mientras sus dedos de metal calibran un purificador de aire con una precisión que Lena jamás podría igualar. "Pensé que me abriría las puertas. ¿Y qué soy? Un fontanero glorificado. Veo a esos 'Naturales' ahí arriba, sirviendo copas y sonriendo como imbéciles, ganando en una noche de propinas lo que yo gano en un ciclo. ¿Por qué? Porque un magnate del titanio de Marte se siente 'más cómodo' siendo estafado por alguien que podría tener un ataque al corazón en mitad de la partida".
La obsolescencia biológica, la gran amenaza del siglo, se ha convertido en un sello de estatus. La fragilidad es la nueva exclusividad.
Pero la jaula de Lena es la más dorada y la más cruel. La política de 'Pureza Biológica' de Celestial Holdings es absoluta. Los empleados 'Puros' se someten a escaneos biométricos semanales. Un implante dental no autorizado, una lente de contacto para corregir una miopía incipiente, un nanorregulador para la diabetes... cualquiera de estas necesidades humanas básicas es motivo de despido inmediato y de una multa por incumplimiento de contrato que te encadenaría a las minas de helio-3 por el resto de tu vida.
Están atrapados en su propia carne. No pueden 'actualizarse' para sobrevivir a una enfermedad sin perder su sustento. Son una especie en extinción, preservada artificialmente en el ámbar de un casino de lujo, para el deleite de los depredadores alfa del capitalismo tardío.
Anoche, vi a Lena frotarse la sien. Un tic casi imperceptible. Un gesto de dolor de cabeza, quizás. O quizás el síntoma temprano de una condición que, en la Tierra, se arreglaría con un implante de cinco minutos. Aquí, para ella, es una sentencia de muerte profesional.
Termino mi whisky. El hielo sintético ni siquiera se ha derretido. En el reflejo del cristal, veo a un guardia aumentado, con la cara impasible detrás de una placa de polímero, observando a Lena. No la protege a ella, protege el 'activo'. El producto. La carne pura.
La brecha ya no está entre ricos y pobres, o entre la Tierra y el espacio. La verdadera fosa se abre entre los que eligen el cromo para sobrevivir y los que son obligados a pudrirse en su propia carne para entretener. Y desde aquí, mirando a la lejana y perfecta Tierra, uno se pregunta quién está realmente en la jaula.
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